jueves, enero 06, 2011

Los Chuchos de Figari (Pedro Salinas sobre "defensores" sodálites)

(http://lavozatidebida.lamula.pe/2011/01/02/los-chuchos-de-figari/#disqus_thread)



Tomado de Perú21.- Columna El ojo de Mordor, de Pedro Salinas.-

Chilla histérica. Clamores exaltados. Griterío a coro. Y una avalancha de insultos. Más o menos así fue el saldo de la columnita que estampé aquí, la semana pasada, en esta misma página, y que estuvo dedicada a mi antiguo padawan de modales mussolinianos y garganta atiplada, Luis Fernando Figari, en la que recordaba sus querencias fascistas y, de paso, celebraba su renuncia como superior general del Sodalitium. O, si prefieren, Sodalicio.

“Cobarde”. “Malo”. “Bilioso”. “Cállate”. “Felón”. “Diabólico”. “Traidor”. Y, para no hacerla larga, me dijeron hasta “sarmentador”, que, según la que me clavó el epíteto, es algo así como “torturador de cristianos”. Y otro, llamado Alberto Plenge, con tono melodramático y descorazonador, en plan Verónica Castro, me recriminaba: “Qué patético espectáculo has dado (…) has quedado como un desleal”. Pues eso.

Y, bueno. Qué quieren que les diga. El estilo punitivo, intolerante, y de vituperio, me hizo evocar mi última conversación con el propio Luis Fernando, cuando decidí abandonar su tribu. “Estás traicionando al Plan de Dios. Y a tus hermanos sodálites. Te vas a condenar en la hoguera eterna. Y escúchame bien: hagas lo que hagas, serás infeliz. No esperes mi bendición”. En realidad, lo de “conversación” fue un exceso de mi parte, porque, vamos, fue un monólogo de cuarenta y pico minutos, que no soportaba interrupciones y que versó sobre esa única idea. Que yo no tenía libre albedrío y mi única opción en la vida era la de ser sodálite. Y así.

Y en contra de lo que puedan pensar los cibernéticos jinetes del Apocalipsis y sus lenguas escamadas (quienes, qué curioso, tenían la peculiaridad de desmarcarse de todo vínculo con el Sodalicio antes de lanzar la piedra), la de largarme de ahí, despercudirme de su estrambótico pensamiento-guía y de sus adefesieros cultos a la personalidad de Figari, ha sido una de las mejores decisiones de mi vida. De modo que van a permitirme que, aunque adhiero a lo escrito por Voltaire (“no estoy de acuerdo con lo que dices, pero lucharé hasta la muerte para que nadie te impida decirlo”), les sugiero a los chuchos figaristas, y a todos los ladradores que vinculan el Credo al fanatismo cerril, que, en lo posible, acompañen sus adjetivos de alguna suerte de refutación. De una siquiera. Dicho de otro modo: esfuércense por pensar un poquito. Un poquito nomás. Porque denostar es fácil, tanto como aferrarse a un dogma. Así descubrirán que cuestionar las cosas, que preguntarse “¿por qué?”, libera de supersticiones y de aquellas verdades de a puño que son impuestas por gurús mofletudos, que se esconden detrás de barbas proféticas, y no practican lo que predican.

De lo contrario, voy a colegir como Hernán –uno de los pocos lectores que intentó echar agua en la pira inquisitorial– que, es “una pena que gente joven ya tenga respondidas todas las preguntas de la vida, sin haberla vivido, sin haber dudado. Creen ser bendecidos, pero son desafortunados zombis que saben mucha doctrina y poco de Cristo”.

Encima, les cuento, algunos han amenazado con no leerme nunca más, “porque contra la religión no se escribe”. Pues, la verdad, si me preguntan, a mí tampoco me interesa ese tipo de lectores, digo.

Es cierto que, en otra época, por menos me habrían incinerado los del Santo Oficio y los monjes dominicos de Torquemada, conocidos también como “los perros de dios”. Como, de hecho, al pobre Goya le hicieron sudar frío por dibujar una calata. Pero las fogatas inquisidoras, mis queridos demonizadores, ya se apagaron, y toda su parafernalia de sambenitos y sombreros cónicos y cruces verdes ya no se usan ni en las fiestas de Halloween.

Aclarado el tema, déjenme decirles que no tengo nada en contra de aquellos que precisan creer, o fingir que creen, que por ahí no iba el comentario del domingo pasado. Faltaría más. Y a ver si no confundimos las cosas. Apenas era una manera de decir que, si alguna vez, en tiempos pretéritos, hace ya muchos años, yo fui un intransigente facho empaquetado, de esos con indigencia intelectual, como tonto de campanario, fue, simplemente, porque tuve un maestro ejemplar. Nada más. Ni nada menos. Feliz 2011.


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No dejen de leer el post de Herbert Mujica aquí.

Pedro Salinas sobre el fundador del Sodalitium

(http://lavozatidebida.lamula.pe/tag/sodalitium-christianae-vitae/)

Tomado de Perú21.- Columna El ojo de Mordor, de Pedro Salinas.-


Ha renunciado al cargo de superior general, dice, “por motivos de salud”. Pues, la verdad, espero que no padezca ninguna enfermedad terminal, o degenerativa, porque no le deseo mal a nadie. Pero debo revelar que a Luis Fernando Figari, fundador del Sodalitium Christianae Vitae (ahora Sodalicio), no le tengo ninguna simpatía, como no se la tengo a ningún sátrapa.

Lo conocí en 1980, al finalizar un retiro, en una pequeña capilla del colegio Champagnat, en Miraflores, cuando yo estaba aún en edad escolar. Era tan gordo como Obélix, usaba anteojos, lucía unos bigotes desangelados, como de morsa, vestía pantalón azul y una camisa celeste con botones en el cuello, y trataba de disimular su calvicie peinando algunos pocos pelos negros en sentido contrario, al estilo Montesinos. Hablo de memoria, claro, porque gracias a dios no le he vuelto a ver desde hace mucho.

Me lo presentaron entonces como el jefe, como il capo di tutti i capi. Como el número uno de la cosa. Como el líder de un movimiento, incipiente todavía, que pretendía remecer el planeta entero desde sus cimientos. Es una de las personas más brillantes de este país, me dijeron, capaz además de conocer la esencia de las personas con apenas una mirada directa a los ojos, que era como un poder. Algo así como un don mutante. Bueno. Era lo que decían sus áulicos. Y yo, qué creen, adolescente ingenuo, intentando escapar del dolor de la separación de mis padres, con problemas disciplinarios en el colegio, necesitado de verdades inamovibles y trascendentes en las que creer, y de un grupo humano solidario que me ofrezca seguridad y confianza, como reza el eslogan de una afp, y que, de paso, me explique el mundo, que esa es otra, pues adivinen. Terminé enganchado en el Sodalitium y me convertí en un talibán, mucho antes de que supiese que existía la palabreja. Figúrense.

Me transformé en un radical de tomo y lomo, vamos. En un fundamentalista. Distanciado de mi familia, mis amigos y mi enamorada de toda la vida –lazos que me ayudaron a cortar con no poco entusiasmo–, pasé a formar parte de la milicia de Figari, que se cohesionaba a partir de una estructura vertical y totalitaria, donde su palabra, que era nada menos que la del Superior (así, con mayúsculas), era un dogma de fe. Porque la de Luis Fernando, señores, era la mismísima voz de dios, solo que un tanto aflautada. Él, si no quedó claro, era una suerte de semidivinidad, algo entrada en carnes, por cierto, a la que se debía obediencia ciega. Y sus indicaciones y preceptos, debían ejecutarse sin dudar. Como se los cuento. Tal cual.

La cosa llegaba al extremo de exigir todo el tiempo la adhesión total al movimiento, y de darle tratamiento de iscariotes y cobardes a los que se cuestionaban, y en ese plan. Figari era un déspota, o sea.

En el cenáculo del autócrata, cómo les explico, uno dejaba su mente, y casi la vida. O sin casi. Porque al sodálite –que así me llamé durante una época– se le adiestraba hasta en los más mínimos detalles. A través de lecturas fascistas. De regímenes cuartelarios. O de ritos sectarios, que eran acompasados por marchas y canciones marciales, por no decir carlistas, o requetés. O hasta nazis, oigan. Y no exagero. El Cara al sol, de José Antonio Primo de Rivera, lo aprendí ahí, verbigracia, en el Sodalicio. Por mostrar solo un botón. Un botón facho, digo.

Y no sigo porque el espacio es breve y me tengo que descolgar de esta columna. Como sea. Solamente me queda confiar en que la salida de Figari –en beneficio de mis ex hermanos en la fe católica– se lleve consigo su intolerancia y sus embustes, y su recelo enfermizo contra las libertades individuales. Porque confieso, como alguna vez escribió Mario Vargas Llosa, que el integrismo de organizaciones como el Sodalicio, los Legionarios de Cristo o el Opus Dei, me produce escalofríos. Escalofríos que pelan.

A todo esto, feliz navidad, Luis Fernando. Ojalá que la jubilación te sirva para hacer una revisión crítica de tu vida y para educarte en la mansedumbre, aquella consejera de las buenas decisiones, que aplaca la soberbia y la dureza del corazón.

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